Si un golpe
puede borrar tu personalidad,
tus recuerdos y tu forma de amar,
entonces, ¿dónde reside el alma?
Nietzsche ya sospechaba
que no había un "yo" sólido,
sólo capas de impulsos,
memoria y química
organizándose para sobrevivir.
El alma no era una esencia;
era una interpretación bonita
de procesos brutales.
Sartre fue más lejos y profundizó
en que no existe una naturaleza
que nos sostenga:
somos lo que ocurre,
momento a momento.
Si cambian las condiciones
-el cuerpo, la mente, el entorno-
cambia el "yo".
No hay un núcleo intocable.
Pero donde se vuelve terrorífico de verdad
es con Camus y la experiencia real:
Accidentes que vuelven a una madre
extraña para sus hijos.
Personas que despiertan de un coma
sin reconocer a quien aman.
Hombres pacíficos que tras un daño cerebral,
se vuelven violentos.
No se perdió el alma.
Se alteró tejido.
Y con eso, todo cambió.
La memoria no está en el cielo.
Está en neuronas.
La personalidad no es eterna,
es un patrón frágil.
El amor no vive en otro plano,
depende de circuitos que pueden romperse.
Si el alma fuera algo separado, intacto,
debería permanecer igual
cuando el cerebro se daña.
Pero no lo hace.
Lo que desaparece no es sólo el recuerdo,
desaparece la persona.
Lo que nos deja una posibilidad incómoda:
Nunca hubo un "yo" profundo e inalterable.
Sólo un fenómeno temporal
sostenido por carne.
Como una llama
cuando se queda sin oxígeno.
No muere algo invisible;
se apaga una reacción.
Lo que somos
depende de hilos biológicos.
No existe el alma.