Como regalo de cumpleaños,
no estuvo mal, la verdad.
Habría sido mejor si el mundo
se hubiera ido a la mierda del todo.
Pero tampoco me quejo.
Ya estamos acostumbrados, ¿no?
Nuestra generación ha vivido
el puto fin del mundo
como mil veces.
Y aquí seguimos.
Así que, cuando todo se apagó,
nadie se inmutó lo más mínimo.
Simplemente busqué las baterías de mi máquina
y subcontraté al acompañante de mi cliente
para que se sentase a mi lado
e iluminase con la linterna de su móvil
el pedazo de carne sangrante
que estaba trinchando.
Eran dos militares enormes.
Pensé que si el mundo se iba a la mierda,
al menos me había pillado con gente
que sabía cargar y disparar una pistola.
Sin embargo el estudio era una fiesta
de personas con linternas en la cabeza
y una actitud de absoluta normalidad,
como si nada anómalo estuviese pasando.
Un día más.
Está claro que nos la suda tres cojones
lo que sea que suceda con el mundo.
Mientras haya baterías,
la tinta seguirá corriendo.
De hecho,
estoy bastante segura
de que incluso sin baterías
habríamos seguido trabajando.
Tatuando como ya se hacía
hace miles de años,
con un par de palos.
Y nos habría importado una mierda.
Una soberana mierda.