La autodestrucción
–la verdadera autodestrucción–
requiere de soledad.
Si no, es sólo un grito de ayuda.
Son momentos íntimos
en los que te miras a tí mismo a los ojos.
Y te ves de verdad,
de la forma en que nunca nadie te ha visto.
Esa parte de ti que nadie conoce,
a veces ni siquiera tú mismo.
Son momentos de claridad desgarradora.
Esta noche hay luna llena
y todas mis malditas voces saben
que estoy agarrando el lápiz
para no agarrar la cuchilla.
Pero la existencia se me ha quedado pequeña
y necesito romperme las costuras una vez más
para hacerme espacio.
No soporto lo que soy.
Necesito destruírme para poder reconstruirme.
Purgar y sangrar esta versión obsoleta de mí,
que ha colapsado.
La vida se me hace bola y no consigo tragar.
Me estoy puto asfixiando desde hace años.
